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domingo, 24 de marzo de 2013

Sir Kenelm Digby y los polvos de simpatía.


Sir Kenelm Digby y los polvos 
de simpatía

Por Lazare de Gérin-Ricard


    Si buscáis en alguna enciclopedia el nombre de Digby, encontraréis esta indicación: «Charlatán inglés, inventor de los polvos de simpatía, que vivió en el siglo XVII». Ahora bien, sir Kenelm Digby fue a la vez, alquimista, filósofo, diplomático, corsario y gran canciller de la reina de Inglaterra, viuda de Carlos I; amigo de Descartes, de Cromwell y del rey Jaime, que le había dado una autorización para combatir, bajo la bandera de Su Graciosa Majestad británica, a berberiscos y venecianos en el mar Mediterráneo. En cuanto a los «polvos de simpatía» cuyo secreto le fue revelado por un monje florentino que venía de las Indias, y con los que pretendía curar las heridas a distancia, ningún autor los toma en serio. Sin embargo, su discurso en la universidad de Montpellier sobre dichos polvos, es un documento muy curioso. Nos ilustra sobre los conocimientos científicos de la época y da a conocer al mismo tiempo las teorías de sir Kenelm sobre los átomos y el «bombardeo de los rayos luminosos». Teorías ciertamente mal establecidas, y de las que saca algunas conclusiones fantásticas, pero parecen estar muy adelantadas con arreglo a su tiempo.

    Por otra parte, he aquí las teorías en las que se basa la acción de su extraordinario remedio.

    La luz es un fuego sutil y rarificado, dotado de una velocidad formidable, y cuyos «dardos», cuando chocan con un cuerpo sólido, desprenden átomos minúsculos que se aglutinan en los mismos átomos de los que está compuesta la luz.

    El aire está lleno de estos átomos, lo que permite a este aire, si está cargado, por ejemplo, de átomos de frutos, de plantas, etc., tener virtudes nutritivas. Y en este punto, sir Kenelm invoca la alta competencia del Cosmopolita, el célebre alquimista desconocido que afirma en su tratado: Est in aere occultus vitae cibus

Sir Kenelm Digby.
       Hizo él mismo la experiencia, encerrando «pequeños viboreznos» en un recipiente tapado y agujereado. Al cabo de diez meses, sin haberles dado nunca alimento, «habían crecido más de un pie y pesaban en proporción». «Prueba innegable dice de que el aire lleva muchos átomos nutritivos».

    «Los átomos añade Digbyno solamente son puestos en movimiento por el aire, sino que sufren una atracción por la ley de simpatíaque les empuja hacia los de su especie y, naturalmente, esta atracción será proporcional a la importancia de la masa atrayente».

    Sir Kenelm nos da dos ejemplos, al menos inesperados, para el apoyo de su tesis: sabemos que una persona que tiene mal aliento no tiene más que inclinarse, durante algún tiempo , con la boca abierta en un sitio que huela mal, para que la gran masa «pestilente» atraiga a los átomos fétidos del  paciente y le libre así de su desagradable mal.

    El segundo ejemplo es, gracias a Dios, un poco más perfumado: sir Kenelm señala que en Inglaterra se importan, sobre todo, vinos de Canarias, de España o de Gascuña, países en los cuales la viña florece en diferentes épocas. Ahora bien, cada vino fermenta en el momento en que la viña «florece» en el país de origen, lo que demuestra que estas viñas atraen en el momento oportuno a los espíritus los átomosdel vino de su propia comarca.

    Una vez establecidos estos extraños postulados «científicos», Digby explica cómo deben usarse sus polvos de simpatía, que están hechos (lo dice él mismo) de polvos de vitriolo.

    «Tomad una venda manchada con la sangre de la herida que queréis curar, e introducidla en un recipiente que contenga una solución de vitriolo a la temperatura del cuerpo humano. Dejad todo expuesto a la luz y renovad la operación mañana y noche con una nueva venda ensangrentada. No sólo el enfermo se alivia desde la primera aplicación del invisible remedio, sino que se cura en algunos días. Al aglutinarse, los átomos de la sangre depositada en la venda con los del vitriolo bajo la doble acción de la luz y del calorson atraídos por la masa sanguínea de donde emanan, toman de nuevo su sitio en la herida, en las venas, y como están aglutinados con los átomos del aceite de vitriolo, éstos por una acción balsámicacicatrizan y curan».

    Para prevenir la objeción de que habría sido más fácil aplicar la solución de aceite de vitriolo directamente en la herida, sir Kenelm precisa que el vitriolo se compone de dos partes: una fija y la otra volátil. La sal de la fija es agria, corrosiva, cáustica; mientras que la volátil es suave, anodina, balsámica y astrigente. Por consiguiente, la aplicación directa de la solución sólo podía tener una acción nefasta en la herida. En total, su procedimiento se reduce a una operación química.

    Para demostrar la eficacia de sus polvos de simpatía nuestro sabio evoca una famosa cura obtenida en la persona de sir James Owell hombre de letras muy conocido en Franciay el testimonio que podían ofrecer el rey de Inglaterra, el duque de Buckingham y el médico del rey, que ya pensaba antes de la cura con los polvosen cortarle la mano a su ilustre herido para evitar la gangrena. Además, con el fin de demostrar que no hay ningún misterio, ninguna magia, ninguna brujería en sus curas, asegura haber transmitido el «secreto» de los polvos de simpatía al rey Jaime, «que hizo con ellos varias pruebas, en todas las cuales tuvo entera satisfacción»; al médico de este rey, que se los comunicó al duque de Mayenne, y cuyo cirujano vendió la fórmula a varias personas, de manera que «poco a poco se divulgó de tal forma, que apenas hay hoy un barbero de pueblo que no lo sepa». Esto huele un poco a charlatanismo y anuncia el siglo XVIII. 

    Con Juan Francisco Borri, nacido en 1616, en Milán, muerto en 1695, en la prisión del castillo de Santo Ángel, encontramos ya, y mucho más que con Digby, los ocultistas aventureros del siglo XVIII.

    Ya no son los Alberto el Grande o los Raimundo Lulio los que se entregan a la búsqueda de la piedra filosofal, sino individuos sin fe ni ley, condenados por todos los tribunales, laicos y religiosos.

    Borri, creador de una secta herética que veneraba a la Santa Virgen como la encarnación del Espíritu Santo, escapó algún tiempo a las prisiones de la Inquisición refugiándose en Holanda. Por todas partes hizo prosélitos y al menos encontró entre ellos quien le diese dinero. Los notables y grandes señores franceses ocultistas anunciaban también el siglo XVIII. El aire es ya europeo y las investigaciones de los alquimistas extranjeros tientan al «honesto ciudadano» francés que tiene ratos de ocio.

    Parece, sobre todo, que es en provincias donde los «notables» se entregan «sólidamente», como lo escribe un memorialista de la época, a la ciencia hermética. En Burdeos, Juan de Espagnet, presidente en el tribunal, escribe una obra titulada Arcanum philosophiae hermeticae.
    «Historia del ocultismo».

jueves, 28 de febrero de 2013

Las maravillosas normas de una empresa comercial de grandes almacenes.


Las maravillosas normas de una empresa comercial de grandes almacenes

   No se cita el nombre de las grandes tiendas que dan estas normas a sus vendedores para el trato con los clientes.

   1. Jamás debe salir de la tienda un cliente disgustado.

   2. Está probado psicológicamente que la sonrisa se transmite por la voz. O sea, que la voz puede y debe sonreír lo mismo que el rostro.

   3. Todos los empleados son como una familia comercial. Y velan, entre todos, por el bienestar y la prosperidad de la familia.

   4. Nunca se hable muy fuerte. En voz baja, lenta y muy clara.

   5. En la casa hay cafetería, a donde van a desayunar los empleados. Y se les ruega que vayan siempre solos. Así no pierden más tiempo del necesario para desayunar bien.

   6. Todos los de la familia comercial lo compran todo allí mismo. Comprar en otro sitio es considerado como una traición a la casa.

   7. Evítense las malas compañías. Rehúsese el trato de aquellas personas cuya influencia pudiere en algún modo ser nociva.

   8. Por amigos que sean entre ellos los vendedores, delante de un cliente han de tratarse siempre de usted.

   9. Lo mejor para un vendedor es un cliente difícil. Con el trato de los clientes fáciles, no se aprende nada; con el trato de los difíciles, si el cliente sale satisfecho de la compra, siempre se ha aprendido algo.

   10. Nunca se pregunte: ¿Qué desea usted? Espérese que el cliente sea el primero en hablar.

   11. Es indispensable la voluntad de agradar. Trátese al cliente de tal forma que, si regresa, busque al mismo vendedor que le atendió la vez anterior.

   12. Infórmese exactamente al cliente, sobre todo lo que desea saber, incluso sobre la calidad de la mercancía.

    13. La técnica de un buen vendedor, en el amplio sentido de la palabra, es el arte de ser útil al prójimo.

  14. Elimínense las palabras «malo»  y «caro» en la conversación mantenida con el comprador.

   15. No se haga ni la más pequeña referencia a si el comprador está gordo o delgado. Y si el comprador se lamenta de estar demasiado grueso, dígasele: ¿No será idea suya? Un cliente algo grueso, tratado como si no se le notara, está siempre dispuesto a comprar.

   16. El final siempre el mismo: ¿Desea usted alguna otra cosa, señor? Y si el cliente dice que no: ¡Muchas gracias!

   17. La empleada del ascensor, pregunta: ¿Sección, por favor? 
   Y cuando el ascensor esté lleno, dice: Perdón; no pueden subir más. Vuelvo enseguida. ¡Muchas gracias!

   18. Conviene que los empleados lean la publicidad de la casa. Que comuniquen a la dirección todo aquello que los anuncios les sugieren.
   Si los vendedores están al corriente de la publicidad, la casa ofrece un perfecto sincronismo entre lo que anuncia y lo que hace de veras.
   Antología de maravillas y curiosidades, por Noel Clarasó.

domingo, 2 de diciembre de 2012

El secreto de los platillos volantes


El secreto de los platillos volantes

Por Henry J. Taylor

    Sin revelar secreto militar alguno, puedo asegurar que los platillos volantes existen en realidad. Los hay de varias formas y dimensiones. Varían en tamaño, según informes fidedignos, desde pequeños discos blancos de cincuenta centímetros de diámetro y quince de espesor (como el que se halló en la bahía de Galveston, estado de Tejas) hasta los de 76 metros de diámetro, lo cual es un tamaño muy grande.

    Casi todos tienen figura circular, aunque los hay de varias otras formas. Algunos son planos con los bordes inclinados hacia arriba, como platillos dulceros; otros tienen en el centro una protuberancia que parece un pastel. De estos últimos se tomaron fotografías cerca de Wildwood, estado de Nueva Jersey, y en otros sitios.

    Algunos son dirigibles; otros no. Ninguno de ellos emite luz, humo ni sonido, ni da señales de que lleve mecanismo propulsor.

    Pueden permanecer estacionarios en el aire por un momento y luego partir en cualquier dirección, tambaleándose y acelerándose perezosamente, según informan varios pilotos de las líneas aéreas de los Estados Unidos, hasta adquirir casi la velocidad del relámpago. Sin embargo, son completamente inofensivos.

    No hay duda de que como el 90 por ciento de los platillos volantes que al parecer se han visto son producto de la imaginación o de la confusión. Empero, los nueve que vieron en la costa occidental de los Estados Unidos el capitán E. J. Smith, de la United Airlines, su copiloto y su cabinero, eran verdaderos. También lo fueron los cinco discos que vio Fred M. Johnson virando en curva ascendente sobre los montes de las Cascadas, en el estado de Oregón. También lo era el platillo de treinta metros de diámetro que se vio en Nuevo Méjico la mañana despejada de un domingo de abril de 1949, volando a grande altura. También lo era el disco de unos setenta y seis metros de diámetro que vieron los policías del estado de Kentucky volando por sobre la población de Madisonville el 7 de enero de 1948.

    Los platillos volantes son parte de un gran proyecto experimental que ha venido progresando en los Estados Unidos desde mediados de la década de 1940. Ha pasado por varias etapas de desarrollo.

    Los meses en que los particulares ha visto más platillos en el aire durante la primera etapa del proyecto, ha sido julio de 1947, enero de 1948 y abril de 1950. Los platillos han ido aumentando de tamaño en cada etapa. Vuelan a alturas de 300 a 9.000 metros, y a veces más alto.


Platillo volante construído por la Fuerza Aérea estadounidense.
    Yo sé para qué se usan los platillos volantes, pero hasta ahora son un secreto militar importante. Cuando la Fuerza Aérea de los Estados Unidos crea que conviene dar la correspondiente información al público y lo haga, ello será una noticia maravillosa. Creo que, mientras tanto, nadie debe meterse a explicar para qué son.

    En mis esfuerzos por cerciorarme de si los platillos volantes existían o no, y en caso de que existiesen, averiguar si provenían de Rusia, me vi desconcertado por las descripciones contradictorias de testigos oculares, hasta que descubrí que en el cielo hay ahora verdaderamente no un misterio sino dos.

    En una de mis radiodifusiones de hace pocos meses señalé la diferencia entre el verdadero platillo volante y un objeto llameante en forma de cigarro de unos treinta metros de largo que varios pilotos escrupulosos de las líneas aéreas comerciales aseveraban haber visto volando a gran altura, y el cual, si existe, ha de ser realmente aterrador.

    El hecho es que sí existe. Sin embargo, no es un disco volante ni nada que lo parezca. Es el misterio aéreo número dos. Vuela de noche, rugiendo y lanzando llamas por unas aberturas cuadradas del fuselaje semejantes a ventanas. No tiene alas. En seguida se da la descripción que de él hacen dos empleados confiables de la Eastern Airlines: el capitán Clarence S. Chiles, y el piloto John B. Whitted. Su informe oficial concuerda con las descripciones de lo visto sobre Jackson, estado de Misisipi; de lo que observaron dos pilotos de la Chicago & Southern Airlines cerca de Menfhis, estado de Ténesi, y de lo que se vio en la ciudad de Washington. Todas éstas son descripciones verídicas.

    Chiles y Whitted iban volando por sobre Montgomery, estado de Alabama. Era la 1,45 de una noche clara de luna, con unas pocas nubes desparramadas.

    «De repente dice el capitán Chiles apareció arriba un objeto  brillante  que se movía con gran rapidez y que se lanzó hacia nosotros. Viramos a la izquierda. El objeto viró bruscamente también, y pasó a cosa de doscientos metros por encima de nuestro avión.

  «Aquel objeto era de forma de cigarro, medía cerca de treinta metros de longitud y no tenía alas. Era tan brillante como una luz de magnesio. Arrojaba por el escape llamas de color rojo anaranjado. Por todo el borde del fuselaje emitía una luz intensa semejante a la de las lámparas fluorescentes.

    «El objeto se empinó y penetró en las nubes con increíble velocidad. La perturbación debida a su chorro de llamas sacudió nuestro Douglas DC-3, de la Eastern Airlines».

    Este es el informe firmado por el capitán Chiles y el piloto Whitted. Ambos son hombres perfectamente confiables, según ha dicho el capitán Eddie Rickenbacker.

    El pavoroso aparato no era un platillo volante, ni tenía realmente forma de cigarro. Era casi circular; pero cualquier objeto de esa forma, cuando se mueve a tal velocidad parece alargarse en la dirección del movimiento. A diferencia de los platillos volantes, el aparato llevaba gente a bordo.

    Era éste un avión experimental de combate de la armada de los Estados Unidos; un enorme avión de chorro de velocidad portentosa y figura de disco un poco achatado. En el borde del cuerpo del aparato hay una serie de lumbreras de motores de chorro que rodean las llamas emitidas por los escapes. Visto de noche el avión parece un disco llameante que surca el aire. Su velocidad máxima es todavía un secreto que a mí no se me permite revelar.

    Este disco no vino ni de Rusia ni de Marte; vino de Patuxent, estado de Maryland. Así lo declara la armada, y yo estoy autorizado para anunciarlo al público. Pero los detalles no deben darlos a conocer sino las autoridades militares de los Estados Unidos.

    Si alguien encontrare un platillo volante (lo cual sucede rara vez, porque casi todos están hechos de material que se disgrega en el aire y desaparece al cabo de un tiempo determinado), verá estarcida en él en letras negras la misma advertencia que llevaba estarcida el platillo original hallado en Tejas; a saber:

SECRETO MILITAR DE LAS
FUERZAS AÉREAS DE LOS
ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
(y un número)
QUIEN DAÑARE ESTE PROYECTIL O
REVELARE SUS DETALLES O EL LUGAR DONDE
ESTÁ, SERÁ PROCESADO POR EL
GOBIERNO DE LOS ESTADOS UNIDOS.
TELEFONÉESE EN SEGUIDA, A COSTA NUESTRA.
(Aquí un número de teléfono y la dirección de una base aérea de los Estados Unidos).
NO ES EXPLOSIVO.

    En resumen: los platillos volantes sí existen y son pertenencia de los Estados Unidos. Una buena noticia para todo el mundo.
    «Selecciones» del Reader's Digest, tomo XX, N.° 118. (De una emisión radiofónica realizada en los Estados Unidos).

viernes, 30 de noviembre de 2012

Limpieza de paredes pintadas.


Limpieza de paredes pintadas

    Es preciso tratarlas en función de su respectiva naturaleza.

Pinturas lavables: óleo, gliceroftálicas, vinílicas, caucho, etc.
    Desempólvense con un paño o con el aspirador, con la boquilla de cepillo redondo. Lávense con una esponja humedecida en agua tibia, a la que se habrá agregado una cucharada pequeña de lejía concentrada por litro de agua (1).

    Iníciese el lavado por la parte de abajo para evitar las marcas sobre la pared, subiendo poco a poco (2).

    Cámbiese de agua siempre que sea necesario, es decir, muy a menudo, si la pintura está sucia.

    Aclárese abundantemente, siempre con la esponja bien escurrida, cambiando varias veces el agua y empezando, al igual que para el lavado, por la parte de abajo de las paredes para evitar los churretes de agua.

    Acábese pasando una esponja sencillamente húmeda, destinada a unificar la superficie  que haya sido tratada. Esta vez empiécese la operación por la parte arriba.

Pinturas lavables en madera tallada.
    Empiécese por desempolvar cuidadosamente con el aspirador y la boquilla de cepillo redondo. Lávese con agua tibia y lejía (una cucharada pequeña por litro de agua), utilizando un pincel grueso para trabajar bien las partes más profundas de la talla (este tipo de pincel se denomina brocha redonda). Aclárese dos veces con agua limpia, y una tercera vez con agua a la que se habrá agregado agua oxigenada a 20 volúmenes (si se trata de pinturas blancas o muy claras. Dosifíquese una cucharada sopera de agua oxigenada para dos litros de agua.

Pinturas al temple.
    Hay que contentarse con desempolvarlas muy cuidadosamente. Las pinturas al temple no se lavan (3).

Lechada de cal.
    Empiécese por desempolvar con el aspirador. Dilúyase un poco de cal en agua tibia y aplíquese esta mezcla, con una brocha, por toda la superficie de la pared. Repítase la operación si fuese necesario. Sobre todo, no se aclare. Déjese secar.
    Atención: Póngase buen cuidado en desconectar el automático de la luz antes de comenzar la limpieza. Es prudente suprimir cualquier riesgo de electrocución causada por una instalación eléctrica en tubo empotrado, que podría estar mal aislada, y formar masa con la pared.
_______________________
(1) También da buenos resultados añadir al agua una cucharada de bicarbonato de sodio por litro de agua, en lugar de la lejía.
(2) Así, el agua que puede escurrir, si lo hace sobre la parte mojada, no dejará los surcos de la gota marcados, puesto que resbala sobre la parte mojada. No así cuando se empieza a limpiar de arriba abajo, tanto sea en una puerta como en una pared, al escurrir la gota de agua sobre la parte seca dejará una huella muy difícil de quitar.
(3) Cuando por alguna causa tengan roces o rayas, se pueden disimular frotando suavemente con un papel de seda seco. El polvillo que se levanta unificará y borrará los arañazos, roces o rayas.
«Diccionario de la limpieza», por Djénane Chappat.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

El culto de lo insignificante.


El culto de lo insignicante

Por Noel Clarasó

Ninguna pequeñez bien resuelta deja de contribuir a tu grandeza.

    La vida se ha de dedicar a acciones y sentimientos que valgan la pena, a las grandes ideas, a los afectos verdaderos, a las empresas perdurables. Pero una vez, hace años, un sabio botánico a quien traté durante algunos días, me enseñó atarme los zapatos de una forma poco común, con un lazo sencillo que no se deshacía jamás. Al principio me costó hacerlo, y él me advirtió:
    En pocas veces lo aprenderá y después lo hará siempre rápidamente y bien.

    Esto es lo que se ha de intentar en todas las cosas insignificantes: hacerlas siempre rápidamente y bien; pero esto no se consigue sin atención y sin esfuerzo.

    No se ha de decir: No vale la pena que yo pierda tiempo en esta insignificancia. Si lo he de hacer yo, vale la pena que pierda en ello el tiempo necesario para hacerlo bien, mejor que otro cualquiera, si puede ser. El mundo de lo insignificante es ilimitado, y si aprendemos a movernos en él con maestría, el aprendizaje nos servirá de entrenamiento y preparación para las cosas de más fuste.

    Hay quien no acierta jamás a llenar una copa sin derramar vino sobre el mantel. Hay quien es incapaz de prender fuego a la leña con una sola cerilla. Hay quien no ha sabido jamás anudarse la corbata, descorchar una botella, montar un ramo de flores en un vaso. Hay quien no sabe estrechar otra mano, ni mirar otro rostro, ni decir una frase, ni poner los dedos al mover una mano, ni andar, ni saludar, ni decir «adiós».

    Todo son pequeñas cosas insignificantes que, entre todas, ensartadas en el hilo del tiempo, hacen un día y un año y una vida. Pequeñas cosas que amontonadas no suman jamás una grandeza, pero que son el mejor pedestal de toda grandeza auténtica.

    ¡Cómo nos acaricia la presencia de esas mujeres que saben hacer todas las cosas insignificantes! Que van como si repartieran flores perfectas al mover los dedos, como si todo lo convirtieran, al hacerlo, en un encaje de hilos de plata. No son genios, sino mujeres que saben hacer todas las cosas pequeñas. Ellas no empujarán la bola del mundo por otros derroteros; pero embellecerán la vida diaria de los hombres agobiados por la sombra de empresas tremendas.

    El goce de lo insignificante es como un preludio continuo del goce de la vida. No se puede entrar de rondón en los goces grandes, sin este adorno gentil de las cosas pequeñas bien hechas. Y si se entra y se penetra en todo lo hondo de la vida posible, y no se ha dado tiempo a este sencillo gozar lo insignificante diario, todo esto se tendrá de menos, sin que por este menos sea más, jamás, el goce mayor.

    No me cansaré de recomendar el culto de lo insignificante que flota en el aire y en la luz, y está en el matiz y en el gesto y en la espuma transparente de ese vino bueno que para todos puede ser la vida diaria.

    Sin contar que de la belleza de nuestras grandes empresas puede participar, en el mejor caso, la Humanidad, que no es éste ni el otro, ni nadie con rostro definido. Y de la belleza de las cosas pequeñas participa siempre todo el pequeño mundo humano que nos rodea, que se llama tal y tal, y que nos da un afecto inmediato.

    Y sin contar también  que el goce supremo y hondo de la vida no está al alcance de todos los cerebros ni de todos los corazones. Hasta la capacidad de goce es limitada. Pero cualquiera puede hacer algo mejor de su vida, entregándose con atención, con ternura, con decidido amor, a este culto diario de las cosas insignificantes que bien o mal se han de hacer irremisiblemente. Y lo que se ha de hacer, siempre es mejor, por poco que se pueda y se puede mucho, hacerlo bien. Es mejor para la perfección de la vida y por el puro placer de contribuir personalmente a esta perfección.

Haz bien cualquier cosa que hagas, aun la más insignificante.
    «Vive más, vive mejor», por Noel Clarasó.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Enjuiciamiento de animales.


Enjuiciamiento de animales
.
Cuando se procesaba a los animales

Por A. Alexander

    Cierto día de 1442 se constituía en la plaza de abastos de Zurich el tribunal que debía entender de una causa grotesca. Magistrados con el traje e insignias de su cargo tomaron asiento en el estrado erigido frente al palacio de justicia; un macilento alguacil, puesta en alto la negra vara de su ocio, ordenó en voz resonante:
    ¡Traed al acusado!

    Viose llegar a este mandato, en recia y pesada jaula, el ser cuya suerte iba a decidirse. ¡Era un corpulento lobo al que juzgarían con toda la solemnidad por la muerte de dos niñas!

    Un docto fiscal inició la vista de la causa con los cargos contra el reo; una abogado no menos docto defendió al culpable. Se adujeron en pro y en contra interpretaciones legalistas; acusador y defensor citaron en su apoyo respectivos textos de reconocidas autoridades; llamóse a declarar a los testigos. Por último, el tribunal declaró convicta a la hirsuta fiera y la condenó a morir en la horca. Sin más dilación, en medio de la algazara de la muchedumbre, se procedió a dar cumplimiento a la sentencia.

    Los juicios en que el acusado era un irracional se cuentan entre las ceremonias más fantásticas de la Edad Media. No fueron, por otra parte, infrecuentes: un historiador enumera doscientos en el solo espacio de un siglo.

    Sirva de ejemplo el estrafalario espectáculo que ofreció en 1386 la antigua villa normanda de Falaise cuando se juzgó allí al cerdo acusado de la muerte de un niño. La vista de la causa fue motivo de fiesta a la que asistió el pueblo en masa. El tribunal conceptuó con toda seriedad que cumplía decapitar al reo. Vistieron al desafortunado puerco ropas de hombre, y lo azotaron y mutilaron antes de llevarlo al tajo.

    El caso más común de fechorías de animales domésticos era el de niños muertos por cerdos. Vagando en libertad por villas y aldeas, estos animales venían a ser una especie de policía de sanidad. Nunca dejaban de acudir adonde hubiese desperdicios o cualquier clase de basuras, y la vida semimontaraz los había vuelto tan fieros, que todo niño de corta edad peligraba en su presencia.

    En 1547 juzgaron en Sévigny una cerda con sus seis lechones, acusados de haber dado muerte y devorado a un niño. El abogado defensor supo hacerlo tan bien, que sólo la cerda fue condenada a muerte, en tanto que las crías salieron absueltas, por considerar el tribunal que lo tierno de su edad y el mal ejemplo materno las eximía de culpa. Sin embargo a las tres semanas los mismos seis cerditos comparecían de nuevo ante el tribunal por haberse negado el dueño a salir fiador de que no reincidirían. Temió el hombre que los malos instintos de la madre se manifestaran en la prole.

    El hijo de un joven porquerizo borgoñón pereció el 5 de septiembre de 1370 víctima de tres cerdas que, por lo visto, creyeron que el muchacho trataba de maltratar a sus lechoncillos. Toda la piara quedó presa, acusada de complicidad. Alegó el dueño que los lechones debían ser absueltos, y el duque de Borgoña, convencido por sus razones, falló que solamente las tres marranas debían sufrir la pena capital, «aun cuando los otros cerdos que presenciaron la muerte del niño no trataron de defenderle».

    También hubo juzgamientos de toros bravos. En 1341 murió en Moissy un hombre de resultas de las heridas que le infirió uno de estos bovinos. Encerraron al culpable en la cárcel, como a cualquier otro preso según lo acostumbraban en aquellos días cuando el animal era de gran corpulencia, lo juzgaron y lo sentenciaron a morir ahorcado.

    El tribunal de Dijón condenó en 1639 a la última pena un caballo culpado de la muerte de un hombre. En época aún más cercana a la nuestra, en 1694, el tribunal superior de la provincia de Aix sentenció a la hoguera una yegua. Tanto en uno como en otro caso, se conceptuó que el animal estaba endemoniado; y de las declaraciones de testigos vino a resultar... que el caballo y la yegua obraron con premeditación al cometer sus crímenes.

    Al tratarse de roedores o de insectos difíciles ambos de aprisionar en gran número correspondía juzgarlos a los tribunales eclesiásticos antes que a los civiles, probablemente en atención a que allí donde no alcanzaba el brazo de la justicia ordinaria llegaría sin duda alguna el poder de los anatemas. De este modo, una vez que varios de los roedores o insectos eran juzgados, convictos y ejecutados con todos los requisitos de la ley, se fulminaba anatema contra el resto de sus semejantes.

    En la vista de las causas seguidas a irracionales se acudía a cuentos recursos concedían las leyes. Fue así como un gran jurisconsulto francés, Bartolomé de Chasseneux, nació a la fama en 1521. El tribunal que entendía de la causa seguida a las ratas que destruyeron la cosecha de cebada de la provincia de Autún, nombró defensor de los roedores a Bartolomé de Chassenuex, joven abogado en aquel entonces. Cuando éstos no comparecieron a la primera citación, el defensor sostuvo con buenas razones que la citación había pecado de insuficiente, pues sólo se hizo en forma local, sin que comprendiese a todas las acusadas, que eran las ratas de la diócesis entera.

   Tampoco obedecieron las ratas a la nueva citación. Bartolomé de Chasseneux alegó entonces que el temor a «gatos mal intencionados» perteneciente a los demandantes cohibía a sus defendidas para salir de los agujeros. Arguyó, por añadidura,  que la citación implica que se provea de seguridad al citado durante el tránsito, así de ida como de regreso. Por lo que, concluyó el defensor, era de justicia que los demandantes prestasen crecida fianza de que sus defendidas no correrían riesgo de verse maltratadas en el camino. Conceptuó el tribunal que procedía conceder lo solicitado por el defensor; no quisieron los demandantes exponerse a perder la fianza, y la causa quedó sobreseída.

    En 1499, el abogado defensor de un oso que causó graves daños en las aldeas de la selva Negra, acudió al  peregrino expediente de sostener que al oso debía juzgarlo un jurado en que sólo sus iguales tomaran asiento. La discusión de este punto obligó a aplazar por más de una semana la vista de la causa.

    Los tribunales de aquellos tiempos llegaron al extremo de juzgar con todo el aparato judicial y condenar por asesinato  a perros atacados de rabia. Lo que es más: estaba expresamente estatuído que el perro hidrófobo no pudiese alegar en su descargo la locura, bien así como que, por cada persona o animal  que hubiese mordido, debía castigársele con sucesivas mutilaciones, que empezaban por la pérdida de las orejas, la de la cola y seguían con la de las cuatro extremidades. Tras de suplicio tan bárbaro, venía la última pena.

    En los juicios de animales entraban a veces en juego diversos aparatos de tortura, con los cuales se pretendía obligar al reo a decir la verdad. Los bufidos o alaridos que lanzase el animal torturado se consideraban confesión de culpabilidad.

    Ocasiones hubo en que se aceptasen irracionales en calidad de testigos. Un hombre al cual acusaban de una muerte ocurrida en su casa, compareció  ante el tribunal llevando a su gato, su perro y su gallo. Cuando declaró bajo juramento ser inocente y ninguno de los tres animales le contradijo, los jueces lo absolvieron sin más averiguaciones. La presunción fue que de haber mentido ese hombre, Dios habría obrado el milagro de contradecirle por boca de los animales para que el homicidio no quedase impune.

    La justicia medieval llamaba virtualmente a todo irracional, desde el insecto hasta el cuadrúpedo, a responder de sus actos. Los cerdos, gatos, cabras y perros, si eran de color negro, hallaban a los jueces predispuestos en contra suya, pues se estimaba que ese color era el preferido de Satanás, y característico de sus apariciones cuando se presentaba convertido en animal. A las serpientes y los gatos los quemaban a veces en cestas suspendidas sobre hogueras, sin dejar de observar, por supuesto, todas las formalidades prescritas por la ley en tales casos.

    No ha habido quien halle explicación racional a esos juicios en que eran parte los brutos. Según se colige, el hombre del Medioevo creía que los animales podían estar poseídos de los demonios, o, a lo que se infiere, ser en algunos casos el mismo demonio, que adoptaba la forma de cerdo o de macho cabrío. Con frecuencia esos juicios no pasaban de ser espectáculos crueles, muy del gusto de una época en que las diversiones era a un tiempo escasas y brutales.
    «Selecciones» del Reader's Digest, tomo XVI, núm. 92. (Condensado por el R. D. de Nature Magazine).