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domingo, 14 de diciembre de 2014

La grandeza de la Roma imperial.

Palabras clave: Roma imperial antigua Roma película Quo Vadis? grandeza de Roma marcha triunfal romana

La grandeza de la Roma imperial

     Por más que algunos hablen en contra de ella, la realidad es que Roma es la madre patria de casi todos los países de Europa. Fue la que expandió la civilización greco-romana por casi todo ese continente. La actual civilización occidental proviene y es consecuencia de la acción civilizadora de Roma. Los actuales países España, Francia, Alemania, Inglaterra, Gales, y otros, se civilizaron con la conquista romana de sus territorios.
     Cuando Roma cae en el siglo IV, empezó el obscurantismo. Con él vinieron el analfabetismo general, la falta de higiene, de cultura, etc.  La peste negra que asoló a Europa y en la que murieron millones de personas fue a causa de la falta de higiene de la población general. Los romanos se bañaban varias veces por semana en sus baños públicos. Con el obscurantismo o Medioevo la cultura retrocedió cerca de tres mil años.
     En el siguiente vídeo, admirable reconstrucción de una marcha triunfal de un general romano victorioso, vemos una muestra de la grandeza de la Roma antigua. El general Marco Vinicio, con su XIV legión, regresa a la metrópoli después de haber conquistado un país bárbaro de Europa: Britania (actual Inglaterra y Gales). Desfila con sus huestes delante del divino Emperador, de la Emperatriz y de parte del pueblo de Roma.

     El vídeo es un fragmento de la película «Quo vadis?» (Estados Unidos, 1951).
     Dirigida por Mervyn Le Roy.
     Música de Miklós Rosza.
     Robert Taylor como Marco Vinicio.
     Peter Ustinov como Nerón.
     Patricia Laffan como Popea.
     Dirección artística: William A. Horning,
     Cedric Gibons y
     Edward Carfagno.

     La película, a pesar de ser una gran producción del cine clásico, presenta algunos errores históricos garrafales. Está basada en la novela homónima de un escritor católico, y está vista desde un punto de vista religioso cristiano muy parcializado y prejuicioso contra Roma. No obstante esos defectos, el vídeo muestra de manera admirable y con mucho gusto artístico una casi perfecta marcha triunfal de la antigua Roma.


Véase en 480 p.


sábado, 8 de noviembre de 2014

Peligros de la gasolina.

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¡Cuidado con la gasolina!

Por Paul W. Kearney

     En un pueblo del estado de Nueva York, una señora, ejemplar por su economía, echó en una paila un poco de gasolina para limpiar una blusa. Tomó, primero, sus precauciones: abrió de par en par las ventanas de la cocina, para ventilarla bien, y se cercioró de que no hubiera fuego descubierto. Mientras restregaba la blusa, su criada bajó al sótano para regular la caldera de la calefacción y dejó la puerta entreabierta. Antes de que la sirvienta llegara otra vez a la cocina, hubo una explosión violenta que destruyó la casa, mató a cuatro de las personas que estaban en ella y dejó gravemente heridas a tres.

     A causa de la inflamabilidad de sus vapores y del poco cuidado con que comúnmente se usa, la gasolina produce muchísimos incendios en los Estados Unidos. Muy interesante e instructivo es el experimento que se hace a menudo en la escuela de bomberos del Departamento de Incendios de Nueva York, para demostrar lo peligroso que es este volátil líquido. Un bombero pone un puñado de estopa ligeramente humedecida con gasolina, en el extremo superior de una canal inclinada de acero, de unos seis metros de largo. Se coloca un encendedor de cigarrillos en el extremo inferior. Como a los 30 segundos aparece repentinamente, alrededor del encendedor, una llama poco más o menos del tamaño del puño de una persona. Con sorprendente rapidez, la llama corre hacia arriba por la canal hasta la estopa, que comienza a arder. Aunque la cantidad de gasolina empleada en el experimento no pasa de una cucharada, y aunque ni una gota corra hacia abajo por al canal, una llamita a seis metros de distancia basta para inflamarla. Y como lo mismo puede ocurrir a veinte o a cien metros de distancia, conviene no usar para nada en la casa gasolina, ni bencina, ni nafta. Por muchas precauciones que se tomen, siempre hay peligro.

     El experimento de los bomberos pone de manifiesto por qué existe tal peligro. Aun a temperaturas ordinarias, la gasolina emite vapores invisibles más pesados que el aire. Cuando en la cocina, por ejemplo, se abre un bote de gasolina, los vapores, forzados hacia el exterior por la propia, salen, bajan hacia el suelo, se acumulan, y poco a poco se diseminan por todas partes, sobre todo cuando hay corrientes de aire. Si en la cocina hay llamas o brasas, se repite lo del mencionado experimento: los vapores se encienden, transmiten la llama al bote, y éste no solamente se enciende, sino que hace explosión, lanzando llamas de calor intensísimo que en un instante incendian toda materia combustible que tocan. Aún antes de la explosión, los vapores inflamados queman como un hierro candente.
     Lo que el experimento no pone de manifiesto es que el vapor de la gasolina, mezclado con aire en ciertas proporciones, es un formidable explosivo de tanta potencia como la dinamita, o más. Si se tiene en cuenta que unas pocas cucharadas basta para impulsar cuesta arriba un automóvil pesado, fácil es comprender que no se necesita mucha para convertir en añicos a una persona.

     Quizás alguien diga: «Así puede ser; pero eso a mí no me atañe, pues nunca uso gasolina cerca de una llama descubierta».

     Bueno; pero no se olvide que a veces salta la liebre donde menos se espera. Veamos lo que le sucedió a una madre de familia que estaba limpiando algo con gasolina. Anochecía. Su hija entró en la cocina. Viendo que estaba un poco obscura, accionó el interruptor para encender la lámpara eléctrica. Instantáneamente se produjo una explosión que derribó la pared y lanzó a las dos mujeres fuera de la casa, a una distancia de diez metros de la cocina. En el interruptor había saltado la liebre: ¡una chispa!

     Vaya otro ejemplo: Hace algunos años, en Richmond, una confiada señora empezó a limpiar vigorosamente con gasolina y estropajo de alambre los suelos encerados. Poco después sonó la alarma en el cuartel de bomberos más cercano. Cuando éstos llegaron, encontraron la casa ardiendo por todas partes. Salvaron a la mujer y a su marido, sacándolos por una ventana. Un niñito que estaba en otro cuarto pereció en las llamas.

     Podrían citarse un sinnúmero de casos semejantes a éstos; como aquél en que el calor de un incendio inflamó los vapores de un receptáculo de gasolina situado a cien metros de distancia, y causó una terrible explosión; o aquellos en que el roce de un zapato en el suelo de una habitación, o el frotamiento de dos guantes impregnados de gasolina, o el mero trasiego de gasolina de una vasija a otra, ha producido una chispa de que han resultado serias explosiones con pérdida de muchas vidas (*).

     Naturalmente, muchas personas, sobre todo muchas amas de casa, se dan cuenta, hasta cierto punto, de los peligros de la gasolina, pero continúan empleándola para limpiar, diciendo que siempre toman «las precauciones necesarias». Esto es poco más que hablar a tontas y a locas. Quizás en ciento de estas personas no haya una que sepan cuáles son «las precauciones necesarias», ni mucho menos el modo de tomarlas. Es claro que la gasolina no puede usarse para limpiar sin que se vaporice. El líquido es muy volátil, y tan pronto como se destapa el recipiente que lo contiene, los vapores empiezan a mezclarse con el aire. Según la Dirección de Minas de los Estados Unidos, tres y medio litros de gasolina en un recipiente destapado bastan para hacer inflamable todo el aire de un cuarto de siete metros de largo, por tres de ancho y tres de alto. En un cuarto pequeño, una taza del líquido puede ser suficiente para causar una explosión desastrosa.

     Cuando el aire contiene cierta proporción de humedad, una ligera chispa que salte de una alfombra o del lomo de un gato basta para encender y hacer estallar los vapores de gasolina. Los grandes establecimientos de limpieza en seco tienen costosos aparatos automáticos para medir la humedad del aire y aumentarla cuando disminuye hasta una cifra peligrosa. Interesante sería preguntar a la señora de casa y a otras personas que toman todas «las precauciones necesarias», cómo miden y regulan la humedad del aire.

     No se olvide que un entierro, por modesto que sea, cuesta más que hacer limpiar la ropa en seco en una tintorería.

     Sin embargo, para los que persistan en limpiar la ropa en casa, hay multitud de preparaciones inofensivas. Los Laboratorios de los Aseguradores de los Estados Unidos, enumeran como dieciocho de ellas que son incombustibles y, por tanto, inexplosivas.

     Vese por lo dicho que la gasolina es traicionera y peligrosa. Hasta hace pocos años, en la ciudad de Nueva York ocurrían diariamente, por término medio, dieciséis incendios causados por descuido o ignorancia en el empleo de la gasolina. Del 90 por ciento de estos incendios tenían la culpa señoras de casa, que, a fin de hacer ahorros mal entendidos, persistían en jugar con esa dinamita invisible.

     ¿Cómo evitar el peligro? Pues la cosa no puede ser más sencilla. No lleve usted nunca a casa gasolina, nafta ni bencina para limpiar. Está bien que empleemos gasolina en el coche, donde un mecanismo casi perfecto neutraliza sus peligros. Pero en la cocina y en el lavadero de casa... ¡ni soñando!
     «Selecciones» del Reader’s Digest, tomo VIII, núm. 48. Condensado por el R. D. de la revista «The Family Circle».
_________________
(*) El trasiego de gasolina desarrolla electricidad estática. Si ambos recipientes son metálicos, antes de efectuar el trasiego es necesario unirlos eléctricamente por medio de un cable, para evitar la chispa y la consecuente explosión. —Sherlock.

domingo, 23 de marzo de 2014

La ciencia de no comer Noel Clarasó


La ciencia de no comer

por Noel Clarasó

Aprende  a no comer y gozarás comiendo.

    Desde que se inventó la imprenta (¡bendita sea!) hasta nuestros días, se han publicado muchos libros con la pretensión de enseñarnos a comer más y más complicadamente, y apenas se ha publicado ninguno que nos enseñe a comer menos y de la manera más sencilla.

    Y, sin embargo, no hay hombre mejor dispuesto para el goce de la vida que el hombre que come poco y sólo manjares limpios y sencillos. Entiendo por manjares limpios los que no están recubiertos de salsas de colores. Y por manjares sencillos los que no están deformados por excesivos aderezos o condimentos.

    En el comer se cometen dos errores muy graves. La gente del montón cree que el mayor placer consiste en comer mucho. Los refinados creen que el mayor placer consiste en comer bien. Y ambos están tristemente equivocados.

    ¿Por qué? Pues porque en único auténtico goce consiste en no comer, casi en tener hambre; y en comer, cuando se come, las cosas de gusto más simple. Pero muy pocos alcanzan este goce, porque todos estamos fastidiados por la maldita costumbre de comer demasiado, y la maldita tontería de creer que cierto tipo de categoría personal se demuestra saboreando manjares raros y enrevesados.

    Comer tiene dos únicos fines naturales: satisfacer el hambre y halagar el gusto. Todo lo demás es gesto puro, comedia, fantasía y presunción. Y el hambre y el gusto se satisfacen plenamente con muy poca cosa. Desde luego, cuando el hambre y el gusto están bien educados.

    Sed sinceros y reconoced que más de la mitad de lo que coméis no es para satisfacer el hambre, sino un tributo a la incontinencia. No os dejéis engañar; ningún artífice cocineril puede inventar ningún manjar más halagador para el gusto que las alcachofas, las habas, los guisantes, los espárragos, el pan tostado con aceite, tomate y sal, y las patatas hervidas. ¡Y las sopas de ajo!

    ¿Es bueno engordar? Yo creo que no. Si lo fuera no se habrían escrito tantos libros ni se habrían inventado tantos regímenes a favor del adelgazamiento. Toda excesiva gordura quita al hombre posibilidades físicas y cerebrales. No lo dudéis.

    Que se come por puro vicio se nota a la hora del dulce, después de una comida más que suficiente. Entonces los gordos introducen en su cuerpo una cierta cantidad de alimento innecesario, que les pesa en el estómago, sólo por el mero placer del paladar. En realidad, de la lengua, que es el órgano del gusto; el paladar es insensible en este sentido.

    Es un error creer que el comer mucho da alegría, bienestar o felicidad. Los da, indudablemente, a los que no conocen aún el supremo goce de mantener el hambre en buen estado. Porque, y no es paradoja, el placer mayor lo da el hambre; no la comida. Todo exceso en la comida es un atentado contra la salud, y ¿cómo puede un acto de esta naturaleza dar satisfacción, si la salud es la principal fuente de todo verdadero goce? Y lo mismo sucede con el no comer. Todo es empezar. Probadlo. No os doy otro consejo. Ya me diréis después el resultado.

    ¿Cómo se hace para empezar? Es muy sencillo: comiendo menos. No comáis nunca tanto como os apetezca. No es consejo mío, sino de los médicos. Manteneos siempre ligeramente hambrientos. Sólo así y esto es también muy importante estaréis siempre en disposición de comer más, hasta con cierto exceso, de cualquier cosa que de veras os guste. Pensad que el hombre puede comer siempre de todo con tal que se limite a comer sólo la mitad de lo que le aconseje el apetito.

    El exceso de comida, que ya no alimenta, quita la energía a muchos trabajadores sedentarios. Y lo peor de todo es el exceso de azúcares, de grasas y de condimentos.

    Parece mentira que sólo se hable del placer de comer y que no se hable jamás del placer del hambre. Y es que la comida es un negocio para muchos. Y el hambre no es negocio para nadie. Se han montado muchos negocios alrededor de la comida, con su propaganda, con sus espejuelos y con sus engaños. El dueño de un restaurante sólo piensa piensa en crear en vosotros la necesidad de comer mucho, como el dueño de una tienda de objetos de arte sólo piensa en crear en vosotros la necesidad de llenar vuestra casa de objetos inútiles. El uno la casa, el otro la barriga; a los dos les interesa que llenéis algo vuestro con lo que ellos venden. Porque así, y solo gracias a esto, ellos ganan dinero.

    El que de veras ha tenido hambre auténtica alguna vez, sabe que en las alucinaciones producidas por el hambre, no pensaba en capones de Bresse al viejo Beaumé, sino en pan y patatas fritas y en sopas jugosas y sabrosas. Y es que la verdadera hambre no necesita ni quiere manjares complicados que solo le halaguen el gusto, sino comida, comida sencilla y buena que proporcione al cuerpo el combustible necesario.

    ¿No habíais descubierto aún que el hambre es una cosa buena? Pues es un gran placer para mí daros esta noticia. Pero no olvidéis que ningún conocimiento nos satisface, mientras no le encontremos una aplicación práctica.
    Dichoso aquél a quien sólo mueve cada día el afán de recuperar el hambre que perdió comiendo. Hacer hambre y comer luego. Es todo un programa. Hacer hambre para perderla comiendo y quedar siempre en condiciones de recuperar el hambre perdida.

    He aquí una fórmula magnífica para el goce diario: tener hambre y comer, tener sed y beber, tener un gran corazón y amar la vida. Pero para cumplir este programa es ante todo necesario tener hambre y tener sed. Muchos sólo se preocupan de buscar el pan de cada día. Esto está bien; pero quizá es mejor y más profundo preocuparse de buscar el hambre de cada día.

    Tener hambre y no tener comida es grave; pero, cuando menos, se tiene una cosa nuestra dentro: el hambre. Tener comida y no tener hambre parece menos grave, pero lo es más porque sólo se tiene una cosa fuera, que no forma parte íntima de nosotros: la comida.
    No existe mayor embriaguez que la del hambre lenta y madurada. Esto sí que disipa las nubes y atiza los deseos. Solo es buena la embriaguez  que produce exaltación; no la que produce disminución de vida. Y esta diminución es la única consecuencia de toda embriaguez por exceso, de bebida o de alimento.

    Cuando estamos invitados a comer, la dueña de la casa, el dulce verdugo de tales condenas, nos dice:

    —Has de comer más, que luego tendrás hambre.

    ¿No se os ha ocurrido aún que la mejor contestación es ésta?:

    —Es lo único que deseo tener luego, señora: hambre.

    ¿Para qué? Pues, para comer otra vez a gusto en la próxima ocasión; porque el verdadero goce de la vida sólo lo conocen los que saben conservar el hambre limpia y pura. Desgraciados los que a fuerza de comer demasiado han aniquilado en ellos el sentido del hambre.

    La respuesta más grande que se haya dado jamás para rehusar un buen plato es ésta:

    —Gracias: tengo hambre. Y a mí, por las buenas, nadie me quita lo que es mío. Quiero conservar mi hambre, pues gracias a ella hallo un goce indecible en cualquier comida buena.

    La diferencia entre el niño y el hombre es ésta: que para el niño tener hambre es sólo un dolor, y para el hombre puede ser un placer. Muy poco habrá avanzado el hombre que no haya descubierto en la vida manantiales de goce desconocidos en los niños. Aprovechar la vida es sólo eso: gozar.

    Y para estar en disposición de gozar plenamente se han de evitar todos los placeres de satisfacción inmediata que nos dejan luego entorpecidos y en malas condiciones. Y uno de estos placeres más frecuentes y que a diario tenemos ocasión de evitar es éste: el de los excesos en las comidas.

No olvides esta frase: el arte de no comer.
    
Vive más, vive mejor, por Noel Clarasó.


martes, 4 de marzo de 2014

Lawrence Fertig Socialismo Vale la pena el socialismo?


¿Vale la pena el socialismo?

Por Lawrence Fertig

    Suele decirse que el sistema de libertad de empresa, o economía liberal, solamente da buenos resultados en aquellos países que son suficientemente ricos para permitirse tal lujo.

    Pero esto es precisamente lo contrario de la verdad. Los sistemas que no pueden sostenerse por ruinosos son el socialismo y la economía dirigida. Fue, por el contrario, el capitalismo lo que convirtió a un país joven y pobre (los Estados Unidos) en la nación más rica de la Tierra; y la competencia libre es la única fuerza capaz de despertar las energías latentes de cualquier nación, por pobre que sea, para aplicarlas plenamente al desenvolvimiento de sus recursos.

    La trágica situación en que se encuentran hoy día prácticamente todas las naciones socialistas y comunistas del mundo, refuta del modo más claro y definitivo la aserción de que la economía dirigida sea eficaz. En todas ellas el desconcierto y la escasez de producción acompañadas por la creciente lasitud de obreros y directores. Los mercados negros florecen allí con desenfrenada exuberancia.

    Los acosados gobiernos de esos países se esfuerzan en remediar una escasez tras otra, para encontrarse con escaseces nuevas y cada vez más graves. Han destruído el indicador automático que marca las cosas que es preciso producir y las cantidades en que son necesarias; ese indicador es un mercado enteramente libre, con precios flexibles, fijados por la oferta y la demanda. Cuando los gobernantes fijan precios arbitrarios, crean nuevas escaseces, como se ha demostrado recientemente en varios países.

    Otro factor de lamentable espectáculo ofrecido por los países de economía dirigida es que toda decisión tomada por quienes la planean da lugar, si es errónea, a una calamidad nacional. En el sistema de economía liberal, una equivocación de los productores les ocasiona a ellos solos pérdidas o los arrastra a la quiebra. El el sistema de producción dirigida, cuando hay un juicio errado, se les impone a todos los productores y los efectos son desastrosos para la economía nacional.

    Cuando Shinwell, el ministro británico de Combustible y Fuerza motriz, olvidó almacenar reservas de carbón una vez, toda la población de Inglaterra sufrió los rigores. Cuando la Junta británica reguladora de precios fijó en cuarenta céntimos el precio máximo de la libra de algodón para sus pedidos, todo súbdito británico resultó perjudicado en cantidad mayor o menor. Si los que planean la economía fuesen infalibles, el socialismo podría funcionar con éxito; pero como solamente son criaturas humanas sujetas a error, sufren a menudo equivocaciones graves que ocasionan verdaderas series de desastres.

    No fue un país regido por el socialismo o el comunismo el que se convirtió en «arsenal de la democracia» y derrocó a Hitler: fueron los Estados Unidos, bajo el régimen del capital privado. Y son los Estados Unidos, bajo ese mismo régimen, quienes gastaron miles de millones de dólares para apuntalar a los vacilantes países socialistas de Europa, que recibieron los auxilios mienstras ponían en duda la bondad y solidez del sistema estadounidense. ¡La ironía no puede ser mayor!

    Ningún país ni siquiera  los Estados Unidos es bastante rico para sobrevivir a la ineficacia y el despilfarro del socialismo, mero sueño intelectual que ha de pagarse con el sudor de todo el que trabaja. Por otra parte, el capitalismo ha aumentado la ganancia efectiva de todos los trabajadores de los Estados Unidos en más del cuádruplo en menos de noventa años; no obstante haber reducido las horas de trabajo desde casi setenta a cuarenta por semana.
    Además ha mantenido la libertad individual.

    Estos son los hechos que todas las teorías del mundo juntas no pueden desmentir.
Selecciones del Reader’s Digest. Tomo XIV, núm. 83. (Condensado por el R. D. del World Telegram de Nueva York).
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Véase también: Falsa promesa del socialismo
Estuve en una escuela de terrorismo en Cuba
La técnica roja del motín

sábado, 1 de marzo de 2014

Embellecimiento Llanto de animales Es correcto embellecernos Lloran alguna vez los perros y los gatos Preguntas y respuestas

Preguntas y respuestas (sección)

    Se inicia una sección fija en esta bitácora, en la cual se dan respuestas correctas a diversos problemas. Siempre se indica la fuente de los textos.

¿Es correcto embellecernos?
    Hay muchas clases de belleza: una que perduran y otras que pronto se malogran. Poco podemos influir sobre la belleza que pudiéramos llamar transitoria, pues depende de nuestro nacimiento y fortuna; pero algo podemos hacer, sin embargo, llevando una vida morigerada y metódica, no excediéndonos en el comer y menos en el beber, respirando aires puros el mayor tiempo posible y procurando mantener nuestra piel limpia y que los músculos de la cara conserven su vigor natural. Todo esto es bueno que lo hagamos, ya por ello en sí, ya por los efectos que ejerce sobre nuestra apariencia exterior.
    No obstante, existe otra clase de belleza aun más trascendental e importante, e ilimitada, que podemos nosotros mismos procurarnos, si somos bastante sabios para ello; y esta belleza es la de un alma inocente que brilla a través del semblante, como la luz del interior de una casa a través de sus ventanas en una noche obscura.
    Dando sólo acogida a los buenos pensamientos, reprimiendo nuestro carácter y perseverando firmemente en nuestros propósitos, podemos grabar en nuestros rostros la historia de lo que han sido nuestras vidas. Todos los estados de ánimo influyen en la expresión de la faz, y, andando el tiempo, los sentimientos que más frecuentemente hemos experimentado van trazando en nuestros rostros ciertas líneas indelebles que hacen que los niños se acerquen con cariño unas personas, y huyan de otras con pavor. En nuestras manos, pues, está el labrar nuestra belleza o fealdad en el más importante sentido.
¿Lloran alguna vez los perros y los gatos?
    Los perros y los gatos tienen con mucha frecuencia motivos más que sobrados para llorar amargamente, y, sin embargo, jamás vemos ejecutar a estos animales ningún acto que pueda ser con propiedad calificado de llanto. Poseen glándulas lagrimales, lo mismo que nosotros, porque las partes anteriores de los globos de sus ojos necesitan conservarse limpias y húmedas, lo mismo que las nuestras; y hasta es posible que dichas glándulas produzcan las lágrimas con mayor abundancia y rapidez en unas ocasiones que en otras; pero no por esto podemos decir que los perros y los gatos lloran.
    Sería cosa interesante estudiar las especies de animales que más se parecen al hombre y ver si existe el llanto entre ellas. Los animales más cercanos a nosotros son los monos, entre los cuales existen cuatro especies que se aproximan a nosotros mucho más que las otras. No cabe duda alguna de que ríen y hacen muecas, pero ninguno de ellos llora; el hombre es el único ser que tiene esta propiedad, sin que nadie sea capaz hasta ahora de explicarnos el por qué.
Enciclopedia «El tesoro de la juventud». (Editorial W. M. Jackson, Inc. Londres).


lunes, 10 de febrero de 2014

Efectos de la electricidad en el cuerpo humano Peligros de las canalizaciones


Efectos de la electricidad en el cuerpo humano

Por Henry de Grafgny

    El Sr. d’Ansorval ha examinado la acción de la corriente alternativa sobre el organismo, dando a conocer sus estudios en una conferencia dada en la Sociedad internacional de Electricistas. Resulta de las experiencias del sabio fisiólogo que la acción de la corriente alternativa sobre el organismo depende de la forma de la onda eléctrica, del potencial o mejor dicho de la intensidad de la corriente que atraviesa el cuerpo y de la frecuencia.
    El Sr. d’Ansorval ha demostrado el primer punto de la manera siguiente, hallando que un alternador Siemens es más peligroso que otro Gramme funcionando a la misma tensión. En efecto, haciendo pasar bajo una diferencia de potencial de 300 voltios la corriente de la cabeza a la cola de un perro, cuando la intensidad eficaz de la corriente alcanza el valor de un amperio, muere el perro si se emplea el alternador Siemens y no si se emplea el alternador Gramme. La onda eléctrica del alternador Siemens, cuyo inducido no tiene hierro, es mucho más brusca que la producida por el alternador Gramme, cuyo inducido tiene hierro, y en el que la autoinducción, mucho mayor, atenúa las variaciones bruscas.
    En el caso de contacto poco prolongado con el manantial de corriente de alto potencial, la muerte no es más que aparente, bastando provocar la respiración artificial para la reaparición de los signos de vida, porque únicamente se ha verificado la paralización de la respiración como en el caso de sumersión.
    Si el contacto dura bastante tiempo, la muerte se produce por una elevación de la temperatura del cuerpo, que, como lo ha demostrado Claudio Bernard, produce la coagulación de las fibras musculares del corazón. Si, por ejemplo, se enfría el cuerpo del animal sometido a la experiencia, no muere si conseguimos que no se eleve la temperatura. La elevación notable de la temperatura por electrización no se debe solamente  a la resistencia que opone el cuerpo al paso de la corriente, calentándose como un conductor según la ley de Joule, sino que se debe casi únicamente a la contracción violenta de todos los músculos.
    Después de una electrocución en Estados Unidos se ha comprobado que la temperatura del cuerpo del ajusticiado era mucho más elevada que la normal. Se había hecho pasar por su cuerpo una corriente de 3 amperios a 1.500 voltios durante cincuenta segundos, que son 4.500 vatios o casi una caloría en un segundo. Ahora bien; 50 o 60 calorías no eleva la temperatura del cuerpo de un hombre de peso medio de 75 kilogramos en más de un grado. El Sr. d’Ansorval ha comprobado que aumentando gradualmente la frecuencia, los fenómenos de excitación neuromuscular van aumentando hasta 2.500 o 3.000 ciclos por segundo, se conservan estacionarias entre 3.000 y 5.000 y después disminuyen. Así es que una corriente de 3.000 hercios es mucho más dolorosa  que otra de 10.000, y hasta que una de 15.000 y de 40.000 de una máquina Gramme. De este hecho pueden darse dos explicaciones: una física demostrada, y otra fisiológica.
    La primera es que la distribución de la corriente alternativa es totalmente distinta de la de la corriente continua, puesto que aquella se dirige con preferencia cada vez mayor hacia la superficie del conductor cuanto más aumenta la frecuencia. La segunda hipótesis es que los tejidos vitales no son excitables por choques excesivamente rápidos.
    Con un número de 60 a 70.000 ciclos por segundo, el Sr. d’Ansorval ha podido encender hasta siete lámparas de 19 voltios y medio amperio, haciendo pasar la corriente a través de su mismo cuerpo.
    Si semejante corriente proviniese de un alternador de frecuencia ordinaria, suspendería inmediatamente la respiración y provocaría violentas contracciones en todos los músculos. Se han hecho muchas pruebas para determinar la intensidad eficaz a través del cuerpo humano que puede llegar a ser peligrosa con frecuencias bajas. Los Sres. Lawrence y Harries han hallado que la sacudida comienza a ser dolorosa para una intensidad eficaz de 0,004 amperios (4 miliamperios).
    El Sr. Swinburn cree que la intensidad peligrosa es de 0,014 a 0,03 amperios (14 a 30 miliamperios), según los sujetos, por lo que puede decirse que una intensidad de 0,01 amperio (10 mA) es peligrosa. La resistencia del cuerpo humano al paso de la corriente es muy variable, pudiendo llegar hasta los 6.000 ohmios; sin embargo, no tomando más que un término medio, puede éste fijarse en 1.000 ohmios.
«Las canalizaciones eléctricas». Traducción de D. Ricardo Yesares Blanco.